martes, 25 de marzo de 2008

Los Límites del Control

25 de marzo del 2008

A Camilo:


¿Cuáles son los límites del control? Me preguntas inquieto, no pudiendo esperar un año más para averiguarlo. Ya que te estimo no tengo más opción que revelártelo. Los límites del control es la misma película que uno cuenta una y otra vez inevitablemente. En ocasiones el personaje es William Blake disparando palabras a través del oeste, en otras es Don Jonston visitando viejos amores con un ramo de flores rosados en sus manos. Otras veces eres tú, que has perdido algo en un día lluvioso y no sabes si seguir buscando o cubrirte para no mojarte. Hoy es Bill Murray, en un cuarto, esperando a dar el último golpe. Su cara está curtida por años de crímenes y corazones rotos; y hoy es el último crimen. Enrosca el silenciador, luego empuja a un lado la cortina con su arma. Faltan cinco minutos para que entre a jugar un papel en el gran golpe. Golpean la puerta, entra el botones sin esperar respuesta, es Steve Buscemi. Un silencio a gritos congela a los dos hombres, uno con llave en mano, el otro con fierro.


Si lo mata, pone en riesgo en plan; si no lo mata, pone en riesgo en plan. Un viajero a destiempo y al diablo los límites del control. Un gorrión sobre la mira de un francotirador y adiós muerte perfecta. El cruce de una calle, interrumpido por un vehículo en fuga, y nunca nos toparemos en la acera del frente con la mujer que más podríamos haber amado en la vida. Así, está Bill con el botones en esa habitación, como todos, siempre, a un punto de giro de cambiar su propia historia. Durante su indecisión, pasa a lo lejos, a través de la ventana, el descapotado rojo con el personaje que tenía que morir. La vida le pasa a través de un vidrio, se abalanza presuroso a capturarla, pero ya es muy tarde. En su cercanía sólo queda un reflejo difuso de una derrota más, un retrato imperfecto de nuestro limitado control.


Al final queda un arma con balas para nadie. Un hombre acompañado de otro, pero solo. En un cuarto de hotel, en el que en un día, sentado en la cama, nació su deseo del plan perfecto; creció su anticipación por el triunfo futuro, mientras corría la cortina y murieron sus planes, por el azar. Al final queda el rostro arrugado de Bill Murray, se ríe de lo absurdo de su mala fortuna, encuentra eco en la risa de Buscemi. Sale de la habitación, no pasó nada, pero su cara ya no es la misma. Así como es irreconocible la cara magullada de Don Jonston bañado en sus flores rotas, o el semblante de William Blake pintado con la sangre de animales salvajes y embarcado en una canoa hacia un nuevo mundo. Un día la tuya también lo será. Si uno camina suficiente en este mundo, irremediablemente termina por ser otro. Y sobre eso, mi querido amigo, no hay límites de control que valgan.


Esperando que mis palabras le hagan justicia a las imágenes.


Jim

martes, 18 de marzo de 2008

Argumento: Melodrama

Iliana va a Cartagena durante Semana Santa. Ella está en la ciudad sin el permiso de su papá y con la complicidad de sus amigas. En la ciudad conoce a Martín, quien también es de Cali. En esa semana se enamoran. Quedan de verse el sábado para pasar la última noche juntos, pero unos hombres que trabajan para el padre de Iliana llegan a Cartagena y se la llevan a la fuerza a Cali.


Ella es una joven de diecinueve años, muy buena estudiante y preocupada por ayudar a la gente, pero su padre la mantiene encerrada la mayor parte del tiempo. Su madre murió cuando Iliana estaba muy pequeña. Arturo, su padre, es un hombre de negocios importante en la ciudad de Cali. La mayor parte de las licitaciones para las construcciones de obras públicas van para su compañía.


En un evento de la firma de constructores de Arturo, ella se encuentra de nuevo con Martín. Resulta que él hace parte de la compañía de su padre desde hace poco. Iliana no se resiste y lo besa en pleno evento. Su padre se enfurece, despide al hombre y a ella se la lleva a vivir en una finca del Km 18.


Iliana vive muy infeliz en esa finca. Es un lugar abandonado que no ha sido productivo en años. Además, todos los empleados la vigilan para que no se escape. Eventualmente, Peter, un niño que es hijo de la cocinera de la finca, se hace amigo de ella. Él, al ver la tristeza de su amiga, le promete que va a contactar a Martín.


Martín trabaja en la formación de una nueva compañía constructora con unos amigos y jóvenes emprendedores. Sin embargo, se le dificulta conseguir buenos negocios, pues la competencia con la compañía de Arturo Rivas es brutal. El niño de la finca lo contacta y le cuenta las condiciones en que está Iliana. Él le dice que le diga a ella que muy pronto van a estar juntos. Martín intenta sacarla de la finca, pero uno de los empleados, Joaquín , el más fiel, se da cuenta y los atrapan. Al hombre lo denuncian por secuestro y se lo llevan preso. Arturo utiliza sus influencias para encarcelarlo unos años.


Pasan 5 años, en la que los dos amantes sólo se comunican de vez en cuando, por cartas que Peter logra llevar desde la finca a la prisión. En este tiempo, Iliana se apropia de los asuntos de la finca y la pone a producir. Martín sobrevive en la prisión; afortunadamente sus amigos, de la firma, no lo olvidan y lo incluyen en las discusiones sobre la compañía de constructores, cuando lo visitan. Arturo cada vez se desentiende más de su compañía y la misma empieza a diezmarse por el mal manejo de los diversos ejecutivos y gerentes. A él no le importa, su única preocupación es mantener a Iliana vigilada.


Al salir Martín de la cárcel, su firma comienza a ganar más licitaciones que la de Arturo Rivas, por su orden, visión y creatividad. Arturo se entera de que ya salió de la cárcel, por las noticias que le llegan sobre las licitaciones. Decide que hay que matarlo y le da la orden a Joaquín. Peter escucha esto y advierte a Iliana. Joaquín secuestra a Martín a la salida de su casa y se lo lleva a un lugar cerca de la finca, donde pueda matarlo y enterrarlo. Iliana sale a caballo, el único transporte disponible y cabalga por el Km 18 en búsqueda de Martín. Joaquín en el momento de asesinarlo, se pone muy nervioso y cierra los ojos al dispararle. Sale muy rápido de ahí en el carro, sin asegurarse que este muerto. Iliana escucha el disparo y el arranque de un carro, va hacia ese lugar. Encuentra a Martín con una herida en el hombro y se lo lleva a caballo hasta un hospital cercano.


Después de dejarlo estable, Iliana regresa en la madrugada para confrontar a su padre. Arturo la recrimina por su insolencia y ordena a los empleados que la encierren en un cuarto y no la dejen salir; pero ellos no le hacen caso. Le han tomado mucho cariño a ella y aprecian la manera en que ha revitalizado la finca. Iliana le muestra como lo ha perdido todo, la finca, su compañía constructora, todo por una obsesión. El hombre grita y vocifera mientras camina entre la neblina, le pide perdón a su esposa, Beatriz y reniega de la vida, mientras se desploma y muere.


Al otro día, Martín e Iliana están en el entierro del padre, él con su brazo en un cabestrillo. Dejan una flor sobre la tumba de ese hombre que los hizo sufrir tanto. Pasan el resto del día caminando por la finca, juntos por primera vez; en la noche bajo la misma ruana la tristeza se convierte en risa y planes para el futuro; en la madruga se besan y hacen el amor. Es un nuevo día.

martes, 11 de marzo de 2008

Fin del Rodaje

Uno tras de otro se esconden mis pies. Mis manos les siguen el paso, mientras hacen malabares con una cámara. El actor gira en un círculo opuesto al mío. Se detiene; yo me detengo. Las lomas con sus casas en miniatura son el telón de fondo. La luz de Cali, a las cinco de la tarde, colorea al encuadre en un tono dorado. Es una feliz coincidencia.


La cámara reposa; a su lado, yo la guardo. El sonidista, que hace las veces de electricista, conecta unas luces improvisadas, armadas con icopor y bombillos, a la batería de un bus. Abordamos el vehículo, se ubican los actores y yo prendo la cámara. En el bus se grabará la última escena.


Llueve, las ventanas se llenan de millares de extras acuosos. El actor está sentado; su rostro mira hacia la ventana. Las calles de Cali pintan su cara con el neón de la noche. Al pasar por un bar se torna azul. Una tienda de colchones lo satura de rojo. La oscuridad lo envuelve al final del boulevard. Finalmente, el bus se detiene. El chofer se voltea y le pregunta “Yo hasta aquí llego, ¿usted para dónde va?”. “La verdad, yo ya ni se” responde el actor. Los equipos se descargan y las luces se desechan. De ellas sólo queda un pegote de icopor derretido y bombillos fundidos. La productora guarda el casete. Yo al fin dejo de ver por la cámara. Es el fin del rodaje.


El bus en que rodamos intenta partir, pero no puede arrancar. El sonidista, el director y yo, empujamos el vehículo. El bus se rehúsa a moverse; sus llantas son devoradas por el barro. Seguimos empujando bajo la lluvia. A medida que nuestros pies se hunden en el barro, con mayor profundidad a cada paso; la bestia empieza a ceder. El armazón metálico empieza a vibrar contra nuestras manos. El bus se desprende de la yema de nuestros dedos en un arranque fugaz. Nunca lo volveremos a ver.


Yo, con los zapatos embarrados, las medias mojadas y los pies cansados, me voy para mi casa.



( Cortometraje En el Bus, rodado en la ciudad de Cali, Noviembre de 2005)

domingo, 9 de marzo de 2008

Argumento: El Elevador.

Personajes: El Jefe, Santos. La ejecutiva, Ingrid. El mensajero, Peláez.


Son las 9:00 de la noche en una oficina en el norte de Cali. Hace dos horas cerraron el lugar. Sólo está el jefe, Santos e Ingrid, una de las ejecutivas de la empresa con la que sostiene un romance. Un tercer individuo permanece oculto, esperando cerca al elevador, ese es Peláez. En la tarde, el jefe lo despidió por demorarse con un recado. Santos e Ingrid salen de la oficina con ánimo de festejar, atraviesan la oficina vacía y entran al elevador. Antes de que puedan cerrar la puerta, Peláez se va por la espalda del jefe y lo amenaza con un puñal. Ya adentro del elevador, el mensajero le ordena a la mujer que cierre la puerta y marque el primer piso. El ascensor desciende; al tiempo que Peláez recrimina a su jefe por haberlo despedido y le entierra lentamente el puñal. De pronto, el ascensor se detiene de un solo golpe entre el piso cuatro y tres. Los ocupantes se caen al suelo. La luz se va un instante, pero unas luces de emergencia alumbran el lugar.


Peláez no sabe qué hacer en ese momento. Santos se burla de él, le dice que ahora no hay forma de que pueda matarlo sin que lo atrapen. El mensajero apuñala iracundo la cojinería en que está forrado el elevador. El jefe se ríe, mientras se peina su cabello con un peine que guarda en el bolsillo del saco. La mujer permanece recostada contra la pared, aun impresionada por lo sucedido. Peláez se sienta en el suelo y le dice a Santos que él no es el único atrapado. El jefe se descompone ante el tono insolente del mensajero y le pide que se explique. El joven le dice que él sabe porque lo despidió y sabe porque está con Ingrid en un elevador, dos horas después de la hora de cierre. Santos aprieta el peine en su mano hasta que perfora su piel, unas gotas caen sobre el piso del elevador. El mensajero sonríe. El jefe se lamenta de su mala fortuna, “una noche” piensa, “un desliz de una noche y al carajo quince años de matrimonio”. “Al diablo, la reputación como respetable hombre de familia ante los dueños de la empresa”. Santos se quita el saco y se afloja la corbata, pues se siente sofocado. Él maldice a Ingrid y la forma en que lo tentó, también a su propia debilidad y a la mala fortuna que esa noche lo llevó a encontrarse en tan precaria situación. La mujer lo ve, incrédula ante lo que dice, pero sin responderle. Sin embargo, Peláez le dice, con tono acusador, que esta no es la primera vez que los dos salen juntos. El jefe se le abalanza empujándolo fuertemente contra la pared del elevador. El mensajero, lo amenaza con el cuchillo para calmar sus ánimos. La mujer, nerviosa, presiona uno a uno los botones del elevador, buscando que la fortuna la saque de ahí. Peláez le pide que dejen de aparentar; él sabe que el jefe lo despidió por haberlo visto a la salida de un motel con Ingrid.


Santos camina lentamente y se recuesta contra la puerta metálica del elevador, buscando un poco de frío; cada vez suda más. Se aprieta el entrecejo, mientras ve a Ingrid que tiene su mirada fija en el mensajero. El jefe se da vuelta y confronta a Peláez. Le pregunta por qué le es de tanto interés lo que haga o deje de hacer con ella. La mujer se hace la desentendida. Peláez se lo dice, no aguanta un día más de sentir el olor de Santos en la piel de su amada, Ingrid. Hace largo tiempo, cada día busca el coraje para matarlo y él le dio la motivación perfecta al despedirlo. Santos mete sus dedos entre la puerta del elevador y con su mayor esfuerzo lo abre. Ve que el aparato está atorado entre dos pisos y ninguna de las aberturas es lo suficientemente grande para salir. El jefe dirige su atención finalmente sobre Ingrid, la toma por el brazo y le pregunta si ella sabía sobre esto. Si su plan era matarlo a él y huir con Peláez. Si tenían planeado vaciar sus cuentas bancarias e irse a otra ciudad para ser felices por siempre. El mensajero le dice que le quite la mano de encima; luego confiesa que el plan fue sólo suyo. Afirma que él sabía que Ingrid entendería, que lo hacía por amor.


En ese momento, Santos y Peláez están cara a cara. El mensajero le da vueltas al puñal entre sus manos, mientras confronta al jefe. “Basta” grita Ingrid. La mujer se para frente a la puerta abierta, prende un cigarrillo y se dirige a los dos. Recrimina a los dos por su vanidad; al que la culpa por arruinar su matrimonio perfecto y al que se excusa en ella para cometer un crimen. Les dice con un tono amoroso, que a los dos los quiso por igual, pero ellos se tomaron atribuciones que ella en ningún momento les permitió. “No soy ni tu moza, ni tu musa”, les expresa a los hombres. Les explica que estuvo con ellos porque le gustaban; por el simple goce de estar con ellos. “Nunca les pedí nada, pero ustedes montaron su propia telenovela en su cabeza. De ti, Santos. Nunca esperé que dejaras a tu mujer por estar conmigo. A ti, cariño, nunca te pedí que me liberaras de mi situación”. Ingrid termina por decirles que no quiere estar con ninguno de ellos. Les manifiesta que necesita un hombre más seguro de sí; que pueda amar a una mujer, sin creer que es de su propiedad.


Santos se mira su mano ensangrentada. Se sienta y se recuesta contra la pared, porque cada vez hace más calor y está más cansado. “Un hombre de familia ejemplar”, susurra Santos. Reflexiona sobre si alguna vez lo fue, recuerda las numerosas mujeres que tuvo como amantes desde que se casó. Recuerda su primer año de casado, su primera novia, hasta su niñez. Intenta visualizar los momentos en que se sintió amado; pero el calor es cada vez mayor, así mismo el cansancio. Entre sus recuerdos, el jefe se duerme, ahí, recostado en el elevador. Ingrid fuma, a la espera que el aparato por fin descienda. Voltea a mirar a Peláez quien permanece de pie. Él tiene el puñal en una mano y le toca la punta con un dedo de la otra. Eventualmente cae una gota de sangre. Se pregunta a sí mismo, cómo hace unas horas le parecía tan fácil la idea de matar a un hombre y ahora no era capaz de acabar con su propia vida y su miseria. El ascensor arranca. La luz del hall del edificio lastima los ojos del mensajero y lo saca de su monólogo interno. Mira a Ingrid por última vez. Ella camina entre los clientes que esperan en el lugar y sale del edificio. Los curiosos se amontonan para ver a los dos hombres en el elevador, pero nadie se atreve a preguntar qué pasó.


Peláez mira a Santos dormido; no siente rencor hacia él. No puede pensar en un motivo para matarlo. El mensajero se pregunta por la rareza del corazón. Cómo lo que hace horas era tan caliente; en este momento se siente tan frío. Se pregunta si esa es la naturaleza de la pasión, volatilidad seguida de calma. Si algún día volverá a sentir lo que sintió por Ingrid y cómo lo manejará. “Soñé que ella estaba conmigo, pero luego desperté” dice Santos mientras abre los ojos. Los dos hombres se miran. Se cierra la puerta del elevador.

-Fin-

domingo, 24 de febrero de 2008

Pinilla y Rosa: La Revancha.

I
Era la hora acordada, Pinilla había llegado a la casa de Rosita, sin sobresaltos. En unos segundos tocaría el timbre y daría inicio a su primera cita con la mujer que lo enamoraba. Pinilla no había tenido una cita en más de 20 años. La verdad es que sólo tuvo citas con Juana Altagracía, su amada y difunta, hace dos años, esposa. De todas maneras, como es característico de él, no se iba a dejar amedrentar por los contratiempos y la falta de práctica. Había preparado una cita muy especial para ella: cine, comida y un poema muy especial que le había escrito a su nuevo amor, Rosa. Pinilla timbró, la mujer salió muy arreglada y sonriente, y partieron hacia el Centro Comercial.

Los Amantes del Naranjo Perdido, fue la película elegida por el buen portero. Amantes igual Romance igual Besito de Rosita, fue la deducción mental a la que llegó nuestro buen amigo. Cómo le frunciría el ceño la fortuna, cuando ya en la sala y quince minutos después de iniciada, se dio cuenta que de romántica no tenía nada. Había pagado por ver un documental de dos horas y media sobre la lucha de los cultivadores de naranjas en la gélida Eslovaquia. Para aumentar su desgracia, la película era subtitulada y Rosita había olvidado sus gafas. El buen Pinilla le recito cada línea de diálogo, mientras la hermosa secretaria cabeceaba ante las imágenes proyectadas de burros, campesinos y naranjas que se rehusaban a crecer.

Dos horas y media después, la secretaria se había quedado dormida con la mano dentro de las crispetas, nuestro amigo el portero murmuraba los títulos finales ya por inercia, y la película finalizaba para las cuatro o cinco personas que permanecían en la sala. Pinilla despertó a Rosita, quien intentó mostrarse amable e interesada por la película. Al levantarse, él se dio cuenta, horrorizado, que un chicle que estaba en la silla del teatro se había pegado al bolsillo de su pantalón. Intentando que Rosita no lo notara, se excusó con ella y se fue presuroso al baño.

II. ( Escrito en presente, con fines comparativos)
Ahí, Pinilla intenta sacar el chicle remojando el pantalón. Luego intenta lo opuesto, calentarlo con el secador de manos. La goma se rehusa a abandonarlo, el portero se molesta cada vez más. Con toda su fuerza frota su bolsillo intentado quitar el pegote, mientras lo moja y lo calienta. De pronto, una candela que guardaba en su bolsillo se estalla. Su billetera y bolsillo estan en llamas. Asustado, el buen portero toma su billetera y la tira al piso, mientras la pisa para apagarla. "La plata", recuerda. Intenta sacar los billetes para que no se quemen, pero ya es muy tarde. Pinilla finalmente detiene el pequeño incendio, pero la plata para la comida se perdió. El chicle se achicharró por las llamas y se pegó aun más al pantalón. Los detectores de humo se activan y los aspersores responden, rociando todo el baño y en especial a nuestro amigo, Pinilla.

El frustrado portero, pasa y moja el piso que una aseadora del teatro acababa de trapear, se gana unos insultos en el proceso. La aseadora lo sigue, dándole golpes en el trasero con su trapeador, el hombre lucha entre parar los ataques de ella y no caerse por el piso mojado. Finalmente, se cae, da una vuelta y va a parar justo a los pies de Rosa. Ella lo mira como preguntándole que pasó. Se muerde el labio, mientras mira a los curiosos que observaban la escena. No se los voy a negar, en ese momento, nuestra musa secretaria, estaba algo avergonzada, de ver a su cachorrito mojado ahí tirado.

El buen portero recuerda el poema. Como lo había guardado en el bolsillo de su saco, este se salvó de las llamas. Ante la mirada de Rosa que pide explicaciones, el hombre piensa que sus versos de amor serán la solución. Se postra en una rodilla y empieza a recitar a todo pulmón.

" Rosita eres bonita como las flores,
Te gusta la ropa de colores,
Eres la Rosa de mis amores,
Gracias por el café".

Rosita, se pone roja. Los chismosos se burlan del pintoresco portero. Pinilla se siente apenado. Cuando todo parece ir mal, Rosa ayuda a levantar al buen portero. Lo acerca hacia ella, le seca la cara con la manga de su saco y le susurra algo al oído. Después cubre el rostro de ambos con su bolso, para refugiarse de la mirada de los curiosos, y le da un pico a Pinilla.

Y esa es la historia de la primera cita de un portero, amigo mío, Pinilla. Quien soñó una cita perfecta, sólo para ser burlado por el azar, pero que al final consiguió un beso de la mujer más hermosa del mundo. Bien está, lo que bien acaba y este cuento se acabó.






sábado, 16 de febrero de 2008

Argumental: !Vamos Pinilla!

Esta es la historia de Juan Pedro Pinilla Zape, o simplemente Pinilla para sus conocidos. Nuestro personaje es un hombre común, trabaja en un edificio de oficinas como portero, sale por las tardes a tomarse unas cervezas con sus amigotes y le causa ilusión su primera cita con Rosita, o Maria Rosa Pérez Pérez, una espectacular secretaria de una de las oficinas de donde él trabaja.


Son las 5:30 de la tarde, en media hora Pinilla va a recoger a Rosita para su primera salida, juntos. El simpático portero ha ensamblado el atuendo perfecto, un amigo le prestó una camisa elegante, su padre le prestó el saco con el que se casó y la corbata es la que usa en el trabajo. También le ha comprado a la mujer que lo desvela un osito de peluche y una caja de bombones; espera llegar a conquistarla.


Pinilla sale de su casa y se dirige al paradero de buses. En su camino se encuentra con un mendigo, sucio, mojado y desarrapado que le insiste por una moneda. Pinilla intenta evitarlo y corre por toda la cuadra evadiéndolo mientras el mendigo lo persigue. Al fin consigue burlarlo, pero mientras celebra, un carro pasa por un charco en la carretera y salpica toda la camisa blanca del buen portero.


Son las 5:45, Pinilla ha tenido que cambiarse de ropa. La camiseta que tiene ahora no es tan elegante como su atuendo anterior y ya no puede usar una corbata. Además ha tomado un paraguas porque esta decidido a que el clima no le vaya a jugar una mala pasada de nuevo.


Se sienta en el paradero, ahí conoce a otro hombre que también va a una primera cita. Este lleva un ramo de flores. Los dos esperan un rato el bus; empieza a llover. Ambos dejan las flores y el paraguas en la misma parte. Pinilla ve su bus y se dispone a pararse, presuroso. Sin darse cuenta, toma el ramo de flores y de un solo golpe estruja las flores hacia arriba como queriendo abrir un paraguas. Las margaritas vuelan por todo el paradero. El otro hombre se enfurece, toma el paraguas y persigue a Pinilla dándole golpes con el mismo, mientras los dos se empapan en la lluvia.


Pinilla se esconde un rato del otro hombre, luego sale y recupera su paraguas que ha quedado tirado en el suelo. Nuestro protagonista hace un último cambio de atuendo. Ya no puede usar el saco porque está empapado. De todas maneras, se arregla lo mejor que puede con un bluyín y una de sus mejores camisetas. Toma el osito, los bombones y el paraguas y parte de nuevo hacía el paradero.


Son las 6:15, Pinilla esta sentado en el bus que lo va a llevar donde Rosita ¡Bravo Pinilla! El hombre se siente nervioso y emocionado por ver a la mujer que inunda sus pensamientos. Nuestro amigo se sienta al lado de la puerta trasera, para bajarse lo más rápido posible, deja en la silla contigua los bombones y el oso. Todo transcurre sin alteraciones, el buen portero ya está cerca de su musa secretaria. El protagonista, cuenta cada cuadra, mientras repasa con sus ojos un trozo de papel en que anotó la dirección de Rosita, faltan dos. Pinilla decide pararse para que el conductor del bus no vaya a seguir de largo. De repente, cuando voltea a coger los chocolates y el peluche, se da cuenta que una mujer muy gorda se ha sentado encima de sus cosas y se ha dormido. Pinilla la ve angustiado, mira la calle, la mira a ella y así varias veces. En que momento pasó esto, se pregunta el hombre que hace un momento estaba perdido en sus ensueños con Rosita. Intenta sacar sus cosas por debajo de la mujer sin despertarla; falta una cuadra para la casa de Rosita. Los chocolates parecen caso perdido, entonces jala al osito por una pata para liberarlo de su opresión; el bus llega a la cuadra de Rosita. El pobre portero jala y jala, mientras la mujer permanece inamovible; están una cuadra después de donde Rosita. Pinilla no aguanta más y estira el brazo del oso todo lo que puede mientras se estira él para tocar el timbre del bus. El vehículo para de un frenazo. Pinilla sale volando por la puerta de atrás a la calle, con peluche en mano. El bus arranca antes de que el buen portero pueda bajar su paraguas del bus. Obviamente, para infortunio de Pinilla, estás lloviendo.


Nuestro protagonista camina bajo la lluvia hasta la casa de Rosita. El osito y él están empapados cuando llega a la puerta de su amor. Pinilla siente que su primera cita con Rosita se ha arruinado. El hombre timbra y ella se asoma. Para sorpresa de él, no está arreglada. Esta en bata y lleva un pañuelo en su mano. Igual se ve preciosísima, piensa nuestro protagonista. Rosita se ríe de nuestro amigo, le parece que se ve muy tierno, como un cachorrito mojado. Ella le explica que está con una gripa muy fuerte, por los cambios de clima de la ciudad. Además la mujer intentó llamarlo al celular para posponer la cita, pero él no contestó. Pinilla se da cuenta que entre cambio y cambio de ropa dejó su celular en la casa. Rosita lo toma del brazo y le pide que entre para que no se moje más. La mujer lo acerca hacia ella y le seca la cara con la manga de su bata. La bellísima y agripada secretaria lo invita a que siga, le presta toallas y lo invita a un café. La cita tendrá que ser otro día. Escampa.


FIN